Bruno y Alba.

En un estrecho balcón del casco antiguo de cualquier ciudad, donde las macetas de geranios y rosas resisten el sol, la lluvia y el viento, y donde por las tardes huele a café recién hecho, vivían dos palomas que parecían haber nacido para encontrarse en esta vida.Él perfectamente se podría llamar Bruno: de plumas grises, pecho orgulloso y andar torpe por el constante movimiento de su cabeza. Ella seguramente era Alba, pequeña y elegante, con un brillo plateado en sus alas donde parecía guardar la luz de la mañana.

Bruno fue quien llegó primero al balcón una tarde de otoño, donde descubrió un rincón que parecía cálido bajo el toldo desgarrado por el paso del tiempo. Como si fueran cosas del destino, decidió quedarse allí unos días. Desde su escondite de vistas privilegiadas observaba la ciudad: los niños jugando en la acera, las ventanas abiertas de los vecinos, donde en cada una de ellas se vivían historias diferentes, y donde la anciana del tercero, cada mañana, sacudía migas de pan sobre la barandilla. Todo le parecía tranquilo hasta que apareció Alba.

Aterrizó en la barandilla del balcón con suavidad, como si el aire la hubiera dejado allí por pura casualidad. Bruno quiso impresionarla desde el primer instante en que la vio. Infló su pecho, dio vueltas sobre sí mismo y emitió un arrullo grave para llamar la atención de aquella belleza. Pero Alba apenas inclinó la cabeza y siguió picoteando las migas de pan que había desparramadas por la barandilla.

Durante muchos días, Bruno insistió. Llevaba pequeñas ramas para el nido que estaba fabricando, apartaba a otros pájaros para que no la molestaran. Hasta aprendió a posarse sin hacer ruido para no asustarla. Alba comenzó a observarlo con curiosidad. Descubrió que detrás de aquella apariencia presumida había una ternura que no estaba acostumbrada a ver.Bruno siempre dejaba las mejores migas para ella, las más blanditas y jugosas. Con mucho disimulo, se colocaba del lado del viento para protegerla del frío.

El tiempo y el empeño de Bruno en impresionar a Alba empezaron a dar resultado. Lo compartían todo: las mañanas soleadas, las tormentas repentinas y las largas tardes mirando la ciudad desde las alturas. Mientras abajo la vida humana corría deprisa, ellos parecían vivir en otro ritmo, uno hecho de silencios cómodos y pequeños gestos de un amor que estaba floreciendo.

Una noche de invierno, de repente y sin señales previas, se formó una tormenta feroz. El viento arrastró las macetas con furia. La lluvia caía como si la lanzaran a cubos. Alba, asustada, intentó levantar vuelo, pero una ráfaga huracanada de viento la empujó contra la barandilla, dejándola medio inconsciente. Bruno corrió hacia ella y extendió sus alas para cubrirla. Permanecieron así durante horas, empapados y temblando, hasta que amaneció. Cuando el sol volvió a salir, el balcón estaba destrozado, pero ellos seguían juntos.

Fue entonces cuando Alba se dio cuenta de que amaba a Bruno. No por sus arrullos exagerados ni por sus bailes ridículos, sino porque, en medio de la tormenta, él había elegido quedarse.

Entre los dos reconstruyeron el nido, donde simplemente se miraban el uno al otro. Sobraban los arrullos, ya que el amor tiene su propio lenguaje. Desde la calle, nadie reparaba en aquellas dos palomas que compartían un rincón cualquiera de la ciudad. Pero quienes miraban con atención podían ver algo extraordinario: dos criaturas diminutas que habían encontrado, entre cemento y ruido, un hogar.

Y cada tarde, cuando el cielo se teñía de color naranja, Bruno y Alba se acomodaban juntos sobre la barandilla, entrelazando sus alas. Observaban el mundo como si fuera inmenso y, al mismo tiempo, como si todo lo importante cupiera exactamente allí, en aquel pequeño balcón.


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