El hombre y la playa.

El viento de finales de otoño bajaba desde las montañas y cruzaba la costa con un frío de aquellos que cortan la respiración, pero el sol brillaba como nunca sobre el mar, en el tiempo que estábamos. Como si hubiera decidido ignorar la estación. La playa estaba vacía. Ni sombrillas, ni niños, ni vendedores de refrescos. Solo arena húmeda, espuma blanca y la dulce música constante, de las olas rompiéndose contra la orilla.El hombre corría muy cerca del agua casi casi mojándose .

Llevaba una camiseta blanca de manga corta, unos pantalones deportivos oscuros y unas zapatillas ya gastadas por el roce de la fina arena. Se le notaba respirar con dificultad, aunque no daba la sensación que fuera por el cansancio. Había algo más pesado que el aire frío golpeándole el pecho en cada zancada que daba.Detrás de él quedaban las huellas. Una tras otra, marcadas con claridad sobre la arena lisa y húmeda. El mar todavía no le había dado tiempo a borrarlas. Parecían el rastro de alguien que intentaba demostrar que realmente había estado allí, marcando su paso y recordando momentos felices en aquella playa.

Corría desde hacía más de una hora. A veces aceleraba, como si quisiera escapar de un pensamiento concreto; otras reducía el paso y miraba el horizonte, donde el azul del cielo y el agua se fundían.Había empezado a correr desde que Clara, su mujer, amante y amiga murió.Al principio fueron vueltas torpes y con poco ritmo alrededor de su barrio, siempre de madrugada, evitando cruzarse con vecinos que le preguntaran cómo estaba. Después llegaron los parques, los caminos de tierra y finalmente la playa. Allí el silencio no resultaba incómodo y el pensamiento se desvanecía. El mar nunca hace preguntas.

El hombre disminuyó el ritmo y observó sus huellas. Algunas eran profundas, otras apenas visibles. Pensó que así debía de verse una vida desde arriba en el cielo: momentos imborrables junto a otros tan ligeros que desaparecen sin apenas dejar señal alguna.Recordó que una tarde de verano, hace muchos años atrás. Clara caminaba delante de él exactamente por esa playa, en ese mismo lugar, descalza, dejando pequeñas huellas sobre la arena seca. Se giró para decirle algo pero el viento se llevó las palabras antes de que él pudiera escucharla. Siempre se quedó con aquella duda de que quería decirle, todo por no volver a preguntar.Pero sí recordó su sonrisa. La recordaba perfectamente. A veces temía olvidar el sonido de su voz, y de cómo era su  cara angelical. Porque como dice el dicho, ojos que no se ven, se olvidan.Una ola avanzó más de lo habitual y borró parte del camino que había dejado tras de sí.

Durante meses había pensado que intentar olvidar era una traición hacía Clara. Que seguir adelante sin pensar más en ella, significaba dejarla sola en algún lugar de la memoria. Pero viendo cómo el agua se llevaba algunas huellas mientras otras permanecían intactas, comprendió algo sencillo: no todo desaparece al mismo tiempo.Continuó corriendo.El sol empezó a calentar lo suficiente, como para hacer que el frío resultara  agradable. Las gaviotas se dejaban llevar sobre el viento y el mar reflejaba destellos blancos que le obligaban a entrecerrar los ojos para no deslumbrarse.

Por primera vez en mucho tiempo, el hombre dejó de correr para huir del pensamiento.

Ahora corría solo porque podía hacerlo.

Y mientras avanzaba por la playa vacía, dejando nuevas huellas tras de sí, las olas dibujaron el rostro de Clara en la fina arena, como si fuera su despedida final. 


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