Sin conexión.

Un cable negro, largo y delgado, colgaba de una pared blanca en un viejo taller cerrado, donde durante tantos años el artesano Sr. Mariano dio forma a innumerables marionetas y donde su oficio quedó olvidado tras su jubilación. El cable estaba enrollado sobre sí mismo, como si quisiera abrazarse para no sentirse tan solo y olvidado.

El polvo cubría su superficie y el tiempo había dejado pequeñas grietas en su goma ya desgastada.

Años atrás, aquel cable había sido importante. Por él viajaban voces, canciones, risas y mensajes. Era un puente invisible que unía a personas que no podían verse. Cada onda de energía que corría por su interior lo hacía sentir útil, vivo, conectado al mundo.

Pero un día todo cambió.

En medio de una obligada mudanza, alguien tiró demasiado fuerte de él. El cable se tensó hasta que un chasquido rompió el silencio.

Una mitad siguió conectada a la pared; la otra quedó cortada y colgando.

Desde aquel momento, el cable dejó de sentir el paso de la corriente. Ya no llevaba palabras ni música. No transmitía nada. Solamente tristeza.

Las noches eran las peores.

Observaba las luces de la ciudad parpadeando a lo lejos. Imaginaba todas las conexiones que ocurrían allá afuera: teléfonos sonando, computadoras enviando mensajes, personas hablándose a través de enormes distancias y radios dando las noticias. Y él, en cambio, permanecía inmóvil, inútil y silencioso.

—Ojalá pudiera volver a dar señal —pensaba cada día.

Todas las noches soñaba que alguien abría de nuevo el taller y unía su extremo roto. En esos sueños, una corriente recorría otra vez su interior. Era una sensación difícil de explicar: como si despertara después de un largo letargo.

Pero al amanecer todo seguía igual.

Con el tiempo, el cable comenzó a creer que había sido olvidado a su suerte para siempre, al igual que el taller. Se sentía triste no solo por estar roto, sino porque ya no podía conectarse con nadie. Lo que más extrañaba no era la electricidad, sino el propósito de esta. Había nacido para acercar voces lejanas, para mantener encendida la comunicación entre las personas.

Una tarde de lluvia, la puerta del taller volvió a abrirse después de muchos años. Entró un joven electricista buscando materiales antiguos. Revisó cajas, herramientas oxidadas y aparatos descompuestos. Estaba reparando las instalaciones del taller. Lo había alquilado para montar su propio negocio. Revisaba todo hasta que sus ojos se detuvieron en el cable colgando de la pared.

—Todavía podría servir —dijo para sí con una sonrisa.

El cable sintió algo extraño, algo que había perdido hacía mucho tiempo: la esperanza.

El muchacho tomó cuidadosamente el extremo cortado y comenzó a repararlo. Peló los cables internos y unió los filamentos de cobre con el extremo que faltaba conectar. Cubrió la herida entre ambos cables con cinta nueva.

Entonces ocurrió. 

Una pequeña corriente volvió a atravesarlo.

El cable tembló de emoción. Después de tanto tiempo, volvía a sentir la energía correr dentro de él. Ya no estaba solo. Otra vez podía conectar un lugar con otro. Otra vez tenía señal.

Y mientras la luz de un pequeño aparato se encendía al otro extremo, el viejo cable comprendió algo importante: incluso las cosas rotas pueden volver a unir al mundo, si alguien decide repararlas.


error: Content is protected !!